Mensajes en el mar

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Vicente ya no sabía qué hacer para combatir el aburrimiento. Tras su jubilación, acostumbraba a pasar los meses de verano con la familia en un pueblecito de la costa levantina. Paseos por la playa y visitas a los chiringuitos eran su tranquilo día a día. Pero ya le resultaba rutinario el hacer lo mismo semana tras semana. Mientras observaba cómo el mar arrastraba hacia la orilla una colchoneta inflable, algo se iluminó en su cabeza.

Con rapidez empezó a llevar a cabo su idea. Lo primero era comprar muchas botellas pequeñas, a las que quitó el tapón. Después necesitaba muchas hojas de papel, las cuales arrugó para darles un aspecto más antiguo.  También las impregnó de granitos de arena y las introdujo en las botellas, tapándolas cuidadosamente con corcho.

En esas hojas había escrito historias de todo tipo, cambiando la manera de escribir y el tipo de letra en cada una. Tan pronto contaba la odisea de una pareja de novios cuyo barco se había hundido, yendo a parar a una isla desierta, como la de un soldado sin comunicación con el exterior y que pensaba que la guerra en la que estaba envuelto no había terminado. Su imaginación se encontraba desbordada. No se divertía tanto desde su época de maestro, en la que tantas veces relató cuentos a sus alumnos.

Desde entonces, cada amanecer Vicente depositaba una botella en la arena cerca de la orilla. A lo largo de la mañana se quedaba observando hasta que alguien encontraba el mensaje. Y una sonrisa se dibujaba en su rostro cuando veía las caras de asombro de niños y mayores al leer las notas.

(Relato publicado en El Comarcal)

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Fotografía perfecta

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Desde que tuviera capacidad de poder recordar, la pasión de Paula siempre había sido la fotografía, en concreto la de animales. Sus padres tuvieron mucho que ver. Cuando era pequeña, en vez de dibujos animados le mostraban vídeos de Félix Rodríguez de la Fuente y toda clase de documentales, y así fue cómo despertó su pasión por documentar la vida animal en primera persona.

Para ella era muy importante no inmiscuirse en el camino de ninguna especie y reflejar su día a día desde fuera. De esa manera, se convirtió en una espectadora más de la naturaleza y con sus imágenes intentaba transmitir esa admiración por los seres vivos al público. Recorrió los cinco continentes, fotografiando a los animales más espectaculares de la tierra, el mar y el aire.

Pero tenía una espina clavada. En la repisa de su ventana, a la que siempre miraba de reojo mientras editaba las fotos, se solían posar pájaros de todo tipo. Apenas estaban unos segundos, y rápidamente emprendían el vuelo. Aquellas aves eran imposibles de inmortalizar ya que era el único momento en el que no llevaba la cámara al cuello, y nunca conseguía alcanzarla a tiempo. Realmente era una tontería. Había logrado fotografiar leones y ballenas, y se sentía frustrada por no poder sacar imágenes a unos simples pájaros de ciudad.

Hasta que una tarde, dos de ellos se quedaron posados de una extraña manera, cada uno mirando hacia un lado, como en una formación de ataque. Paula cogió la cámara mientras se tropezaba con todos los muebles de la habitación. Los pájaros esperaron pacientemente sin marcharse. Lanzó una rápida ráfaga antes de que se fueran. Cuando revisó las fotografías, todas habían salido mal menos una. Y curiosamente, fue de la que más orgullosa quedó en toda su carrera.

(Relato publicado en El Comarcal)

Regreso

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Desde que ella se había ido, a Miguel la vida le resultaba mucho más dura y aburrida. Tras su marcha, el clima se volvió demasiado caluroso y era una auténtica tortura trabajar en la granja y en los huertos. Desde primera hora de la mañana, los cultivos y cosechas recibían rayos de sol abrasadores. Miguel y sus empleados aguantaban con resignación, mientras grandes gotas de sudor recorrían sus frentes. Los animales también sufrían, así que las labores de pastoreo se hacían a última hora de la tarde.

Después de unas semanas, el tiempo se tornó más templado y los días empezaron a acortarse. Los atardeceres cobraron un tinte triste y nostálgico, a la vez que los árboles se quedaban desnudos  y el viento arrastraba montañas de hojas de un lado a otro.

Cada vez hacía más frío y las horas de luz eran escasas.  Las lluvias arreciaban durante toda la jornada, pero eso era preferible a lo que llegó después: fuertes heladas, nieve y granizo que hacían impracticables los campos y caminos. Cuando se reunían por las noches para cenar en el interior de la granja, necesitaban calentarse junto a la chimenea  para quitarse esa sensación gélida que les congelaba hasta los huesos. Aquella ola de frío glacial se estaba alargando de manera indefinida, y no había ningún indicio de que se fuera a terminar a corto plazo. Miguel se quedaba mirando por la ventana fijamente perdiendo la noción del tiempo.

Su regreso fue repentino. Una mañana, cuando despertaron, notaron que las temperaturas se habían suavizado, y que los arboles, plantas y flores comenzaban a llenarse de hojas. Una explosión de color inundó la zona. Cuando pensaban que ella nunca iba a volver, ya estaba aquí de nuevo la primavera.

(Relato publicado en El Comarcal)

Simulación

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“No trato de describir el futuro. Trato de prevenirlo.” (Ray Bradbury)

La primera vez que vio aquella extraña puerta no le prestó atención. Parecía de madera y estaba completamente pintada de negro. Un pequeño logo  que recordaba al de la masonería, pero con bolígrafos en vez de escuadra y compás, estaba grabado en la parte superior. No había ningún tipo de letrero o cartel que explicara lo que había allí. Desentonaba bastante en aquella zona de la ciudad, en la que abundaban gastrobares, restaurantes exóticos, y tiendas de esa especie de magdalenas hipertrofiadas que llamaban muffins. Era, en definitiva, un barrio gentrificado, y lleno de jóvenes modernos dispuestos a gastar el dinero y poder evadirse un poco.

Román sabía que era un poco injusto pensar así. Las librerías que veía por las calles del centro también estaban llenas de personas, lo que demostraba que la gente no era tan superficial y consumista como aparentaba. Intentó apartar de su cabeza aquellos pensamientos tan negativos, pasando de largo de la puerta en aquella ocasión.

Se dirigía a una charla sobre escritura que daba Mike Robson, uno de sus autores preferidos. Últimamente se encontraba sin ideas sobre las que escribir, y empezaba a plantearse si valía la pena continuar. Ya llevaba muchas visitas a editoriales, muchos textos publicados en Internet, muchos concursos en los que había participado, y no conseguía crear la gran historia que hiciera despegar su carrera. La opción de los talleres literarios tampoco había funcionado, ya que se encontraba incómodo en ellos. Se sentía como Gulliver, unas veces como un gigante frente a sus compañeros y profesores, y en otras como un ser diminuto, siempre demasiado por delante o por detrás del resto.

La charla resultó bastante interesante, dando Robson varias pautas útiles para todos los escritores aficionados que acudieron. En el turno de preguntas, Román aprovechó para preguntar qué hacer cuando estás completamente en blanco y sientes que todo lo que escribes ya ha sido hecho antes. Mike, con su inconfundible acento inglés, contestó:

—Aprovecha cualquier oportunidad que te surja, nunca se sabe dónde puede surgir una historia. Básate en la realidad, investiga en tu ciudad. Las calles están llenas de secretos.

La respuesta dejó insatisfecho a Román, ya que era demasiado críptica. ¿Qué cosas emocionantes iba a haber en aquella ciudad, totalmente vendida al consumismo desaforado? Inmediatamente le vino a la mente la puerta negra. Quizá ocultaba algo que pudiese inspirarlo. Decidió presentarse allí al día siguiente y llamar directamente.

Tras una noche en la que apenas pudo dormir pensando en qué misterios le esperaban, Román llegó a la puerta y se dio cuenta que no había ningún timbre. Golpeó decididamente con los nudillos y esperó con paciencia que le abrieran. Tras un crujido, la puerta se giró y aparecieron dos hombres ataviados con batas blancas. Dieron la bienvenida al escritor frustrado y le llevaron hasta un despacho, donde le invitaron a sentarse. El más joven de los dos comenzó a preguntarle, mientras el más mayor observaba y tomaba notas.

—¿Puede decirnos su nombre, por favor?

—Soy Román Rodríguez.

—¿Y sabe qué es lo que hacemos aquí? — dejó caer la pregunta el joven  mientras esbozaba una sonrisa maliciosa.

—Sinceramente, no lo sé. Supongo que esto es un club literario selecto, o algo así. Me dio curiosidad ese logo y por eso llamé.

El hombre mayor se levantó y empezó un discurso que se notaba que había hecho muchas veces.

—En cierto modo, tiene razón. Éste es un club muy selecto. Pero no se preocupe, no hacen falta grandes cantidades de dinero, ni vamos a venderle ningún producto milagroso. Aquí enseñamos algunas técnicas de escritura un poco peculiares, usando los elementos que nos brinda la tecnología. Si usted quiere, podemos realizar hoy la primera sesión sin ningún tipo de compromiso y de manera gratuita.

Román se pasó la mano por el mentón, como si estuviera pensando e intentando resistirse a algo que era justo lo que estaba buscando.

—Eso suena bien, pero me gustaría tener un poco más de información.

Los dos hombres le ofrecieron una visita por las instalaciones. Mientras caminaban, el escritor amateur se sorprendió de la cantidad de gente que iba de un lado para otro. Todo el complejo resultaba una mezcla entre gran laboratorio científico y aburrida oficina. Le explicaron muchos detalles técnicos acerca de electrodos, sistema nervioso, estímulos neuronales, o realidad virtual, que no alcanzaba a entender. Cansado, decidió acceder a una sesión firmando sin ni siquiera mirar el contrato de confidencialidad que le ofrecieron.

Le condujeron hasta una sala que parecía completamente insonorizada y aislada. Le sentaron en una silla parecida a la de un dentista, colocándole una maraña de cables alrededor de la cabeza, y se marcharon de la habitación cerrando la puerta de manera hermética. Román estaba nervioso, pero se tranquilizó al verlos al otro lado del cristal, desde donde le saludaron mientras manipulaban una mesa repleta de aparatos electrónicos.

—¿Nos escucha bien? Vamos a comenzar la experiencia de simulación.

—Sí, estoy listo.

De repente, todo se hizo oscuridad. Román escuchaba las voces de los dos hombres en el interior de su cabeza.

—Lo primero de todo, necesita un seudónimo. Ya que se llama Román Rodríguez, podría ser Rom Rod, por ejemplo.

Aquello le pareció ridículo.

—Venga, sí, como queráis. Empecemos ya.

De repente, todo comenzó a temblar, y hubo un gran fogonazo. Cuando volvió a hacerse la luz, se encontraba en el suelo. Supuso que ya estaba dentro de la simulación y que todo lo que veía era a través de realidad virtual. Le costaba moverse, como si estuviese con resaca. El lugar en el que había aparecido era similar a una habitación de motel, pero estaba vacía. Lo único que pudo encontrar fue una botella de whisky y una máquina de escribir. Desperdigados por el suelo, había muchos poemas duros y tiernos a la vez. En aquellas páginas manchadas de vino, se hablaba de sexo, de apuestas, de fracasos. Al asomarse por la ventana, pudo reconocer que la ciudad en la que se encontraba parecía de Estados Unidos, quizás era Los Ángeles. Debían haberle metido en la piel de Bukowski. ¿En eso consistía la experiencia? ¿En hacerle vivir como escritores famosos?

Intentó escribir algo, pero todo lo que pudo hacer fue reproducir textos de Bukowski que recordaba. No conseguía crear nada nuevo. Estaba claro que por su forma de ser, aquel ambiente no era el adecuado.

—Esto no funciona, sacadme de aquí.

Otro fogonazo, y se encontró transportado a una sala con tintes medievales. No sentía la mano izquierda, y en la antigua mesa de madera había una pluma y un manuscrito a medio escribir en castellano antiguo. También vio un mensaje del imperio español en el que se hablaba de la batalla de Lepanto.

—¿Ahora Cervantes? Esperaba otra cosa, esto no me inspira, lo que hace es agobiarme.

Un nuevo fogonazo le condujo hasta una oscura habitación gótica. Era una noche tormentosa y podía escucharse el repiqueteo del sonido de la lluvia. En el escritorio había un montón de papeles con historias de terror escritas en ellos. Una ventana se abrió de manera repentina y un cuervo entró por ella.

—No, no, no. ¡Los cuentos de Poe me dan miedo!

Todas las luces se apagaron y volvió a quedarse a oscuras. Comenzó a experimentar una sensación de sueño que le iba invadiendo poco a poco.

Román estaba totalmente dormido. En ese estado, los dos hombres le colocaron frente a una mesa con folios y le pusieron un bolígrafo en las manos. Instantáneamente, empezó a escribir como si fuera un autómata. Permaneció en ese estado durante casi una hora, hasta que dejó el bolígrafo y quedó desmayado.

En ese momento, llevaron a Román en una camilla, sacándole del recinto y sentándole en un banco enfrente de la puerta negra. Volvieron rápidamente al interior, cerrando la puerta de manera silenciosa.

El escritor novato despertó al momento, sin recordar nada de los dos últimos días. No terminaba de entender qué hacía allí y volvió a casa ligeramente desorientado.

Dentro del laboratorio, los dos hombres de bata presentaron el informe a su superior.

—Lo que ha escrito no es suficientemente bueno, quizá habría que probar con otros sujetos. — dijo el joven.

El jefe negó con la cabeza.

—Vuelvan a intentarlo dentro de una semana. De todos los que han venido, es el que tiene más potencial oculto. Cuando haga un superventas, Rom Rod será nuestra mina de oro.

Los subordinados asintieron al unísono.

—De acuerdo, señor Robson.

 

Una semana después, Román se dirigía a la charla de uno de sus escritores favoritos. De camino, vio aquella extraña puerta negra. Al principio no le llamó la atención…

 

 

Velas

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Clara bajó del autobús que le había llevado hasta el pueblo de su abuela. Aún tenía que andar un largo trecho hasta llegar a la casa. La idea era pasar allí toda la Semana Santa, aprovechando que el frío parecía que se empezaba a marchar. Mientras caminaba por las calles empedradas, le llamó la atención el enorme silencio que se respiraba. Ya atardecía y los últimos rayos de sol se reflejaban en los vetustos edificios.

Cuando llegó a la casa familiar, silbó para que su abuela lo supiera. La anciana salió con un pequeño farol en sus manos. Clara descubrió con sorpresa y decepción que había una avería eléctrica, y que no sería arreglada hasta el lunes siguiente. No imaginaba cómo se iban a apañar todos esos días sin tener luz. La abuela, sin embargo, se mostraba resignada con la situación, y tenía preparado todo lo necesario.

Ambas entraron en la vivienda, en la que habitualmente el olor a madera era el predominante, y que esta vez estaba impregnada de un intenso aroma a torrijas. Mientras las devoraba, la joven pensaba que no estaría tan mal estar unos días sin televisión, teléfono u otros dispositivos electrónicos, pero le preocupaba cómo iban a comer o asearse. El fuego resultó ser la solución a casi todos los problemas: la leña ardiente servía tanto para calentar el agua en palanganas para poder asearse, como para poder hornear pan.

Ninguna de las dos olvidaría nunca aquella noche, en la que cenaron iluminadas únicamente por velas. Con el ulular del viento y el arrullo de las ramas de los árboles como único acompañamiento, el pueblo medio vacío fue el testigo mudo de las antiguas leyendas que su abuela le contó a Clara.

(Relato publicado en El Comarcal)

 

Disfraz

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La primera vez que se puso aquella ropa fue en una fiesta de Carnaval. Estaba buscando en un bazar algún disfraz barato y con el que no se sintiera excesivamente ridículo, cuando lo vio. Era sencillo y le pareció bastante cómodo cuando se lo probó. Un sombrero marrón claro y una gabardina del mismo color conformaban el disfraz de detective, junto a una gran lupa y una pipa al estilo de Sherlock Holmes. Siempre había sido una persona discreta y a la que no le gustaba llamar la atención, así que ese traje era justo lo que buscaba.

Pero pasados los días de fiesta, se sorprendió a sí mismo llevando el disfraz a todas partes: a comprar al supermercado, al cine, o al banco en el que trabajaba como contable. Empezaba a sentir que esa ropa formaba parte de él, y comenzó a comportarse como un auténtico detective. Añadió a su equipamiento objetos como un bolígrafo, una libreta o unos prismáticos. Se sentía como Humphrey Bogart en aquellas películas de los años 40 en las que interpretaba al duro y sarcástico Philip Marlowe.

Comenzó a fumar y a beber whisky de manera compulsiva, mientras vigilaba si su vecina de arriba tenía algún amante, o si su vecino de abajo iba al gimnasio como tanto presumía, o realmente se marchaba al bar. Se dio cuenta de que aquello se le había ido de las manos cuando alquiló un despacho en el centro de la ciudad, en el que esperaba resolver los casos más complicados de aquella podrida ciudad. Quizás estaba yendo muy lejos, pero una vez se había metido en un personaje, pensaba hacerlo hasta el final. Aunque en algunas ocasiones se preguntaba qué habría pasado si hubiese elegido un disfraz de pirata. Tal vez el año que viene…

(Relato publicado en El Comarcal)

Arena

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Mientras comía del plato de dátiles que estaba compartiendo con su hermano pequeño, Zaid echó un vistazo a su alrededor. Un paisaje lleno de dunas les rodeaba. Inestables montañas de arena lo llenaban todo, como un mar sin oleaje.

Cada poblado estaba separado del siguiente por varios kilómetros, caminos poco visibles y un monótono recorrido.  En ocasiones, en su caminar nómada encontraban pequeños oasis con algo de vegetación que suponían una pequeña parada en la rutina del desierto. Pero el  mejor momento para Zaid era cuando Fael, su hermano mayor, volvía de uno de sus largos viajes más allá del océano, de los que siempre traía alimentos exóticos y extraños objetos de los que desconocían su existencia.

Les hablaba acerca de tierras que en vez de ser grises o rojizas, eran completamente verdes, y a veces incluso blancas. Al parecer, en aquellos lejanos territorios caía una fría sustancia llamada nieve que dejaba esa curiosa estampa. Fael no podía traerla ya que se deshacía por el camino debido al calor. Fueron incontables las veces en las que Zaid le preguntó sobre la nieve: cómo olía, qué textura tenía cuando se tocaba, y sobre todo, por qué nunca la habían visto a este lado del océano.

Fael volvió a marcharse rumbo al Norte en dirección a la costa, y Zaid se quedó con la sensación de que no entendería cómo era la nieve hasta que lo viera por sí mismo. Unas semanas después, su hermano pequeño le despertaría zarandeándole y gritando. Cuando abrió los ojos, y vio como tras muchos años había nevado en el desierto, intentó retener en su memoria para siempre ese horizonte blanco surcado de tonos ocre.

(Relato publicado en El Comarcal)

Historias para evadirse